Lucía la uruguaya

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El amigo me lo contaba

sin jactancia, con un asombro

 mitigado ya por el tiempo.

 «Pasé el mar —le decía ella

aprestando al amor el cuerpo fino-

Pasé el mar con mi hombre

y mis dos chicos, sin saber

que no era más que para conocerte,

enterarme de que tu lengua

es mi único alimento».

Le decía, las manos en su cara:

 «Haz todo y más porque, después de ti,

ya no me importe nada, nadie.

Acábame aunque no sin dejarme

marcado el cuerpo. Y no me ames: úsame,

que yo pondré el amor.

No quiero para ti ese peso ni ninguno.

Ve en mí no más un instrumento

de tu placer y no te rías si me notas

tan ansiosa como una virgen.

Tu sexo ante mis ojos, dueño de ellos y de mis pezones.

Que me hiera sin cura, que se enrede en mi alma hasta agotarme».

Quién.

Quién diría que aquello era de pago.


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